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MAGA y la globalización

  • Writer: Alejandro González Franco
    Alejandro González Franco
  • 6 days ago
  • 7 min read


La globalización no es un fenómeno reciente ni una moda ideológica contemporánea: es una constante histórica vinculada a la expansión, interacción y transformación de las civilizaciones humanas. Desde 1492 —fecha simbólica del inicio de la globalización moderna— hasta nuestros días, los procesos económicos, culturales, políticos y sociales han estado atravesados por una lógica de interconexión que ningún Estado ha logrado revertir de forma definitiva.


En este ensayo se sostiene que los discursos políticos que proclaman una supuesta lucha contra la globalización, como el eslogan Make America Great Again (MAGA), no representan un rechazo real a dicho fenómeno, sino una reacción defensiva frente a la pérdida de hegemonía de ciertos centros de poder tradicionales en un mundo que avanza hacia la multipolaridad.


La globalización como proceso histórico estructural:


La llegada europea a América en 1492 marcó el inicio de una globalización eurocentrista, sustentada en la conquista territorial, la explotación de recursos y la construcción de redes comerciales transoceánicas. A partir de entonces, rutas mercantiles, flujos migratorios y transferencias culturales consolidaron un sistema mundial interdependiente que permitió la acumulación de riqueza en Europa y el sostenimiento de imperios durante siglos.

Esta primera globalización no fue capitalista en sentido estricto, pero sí mercantil y extractiva. La sobreexplotación de territorios y poblaciones colonizadas sentó las bases de un orden mundial profundamente desigual, cuyos efectos estructurales persisten hasta la actualidad.


Las migraciones, voluntarias o forzadas, constituyeron otra expresión fundamental de la globalización. Los intercambios humanos y culturales transformaron tanto a las sociedades colonizadas como a las metrópolis europeas, generando encuentros, tensiones y redefiniciones identitarias que evidencian el carácter bidireccional —aunque asimétrico— del proceso globalizador.


Revoluciones, industria y expansión del sistema mundial:


Las revoluciones sociales, científicas e industriales ampliaron exponencialmente el alcance de la globalización. Las ideas de la Revolución Francesa de 1789 trascendieron fronteras y alimentaron los procesos independentistas en América y otras regiones, difundiendo conceptos como soberanía popular, república y ciudadanía. Estas ideas, junto con la imprenta y la circulación de textos, constituyeron una forma avanzada de globalización ideológica.


Posteriormente, la Revolución Industrial transformó radicalmente los sistemas productivos y comerciales, dando lugar al surgimiento de la burguesía como nueva clase dominante. La concentración de los medios de producción y la expansión de monopolios redefinieron las relaciones laborales y consolidaron el capitalismo como sistema económico global.

Sin embargo, este proceso generó profundas contradicciones sociales que propiciaron el surgimiento del pensamiento socialista y comunista. Tanto el capitalismo como sus corrientes críticas se internacionalizaron, influyendo en conflictos, revoluciones y guerras a escala mundial. A partir de este punto, la globalización dejó de ser exclusivamente eurocentrista y se manifestó en múltiples formas y regiones.


La globalización en la era contemporánea:


En el siglo XXI, la globalización ha alcanzado su máxima expresión geográfica: no existen territorios ajenos a ella. No obstante, esto no implica su estancamiento. Por el contrario, el fenómeno se reinventa constantemente en función de los cambios tecnológicos, energéticos, políticos y culturales.


Más que una doctrina o un proyecto político consciente, la globalización opera como una fuerza estructural que trasciende la voluntad de los Estados. Ninguna potencia, por más poderosa que sea, puede sustraerse completamente de sus dinámicas sin incurrir en un colapso económico, social y político.


MAGA y la falsa oposición a la globalización:


El discurso político asociado al movimiento MAGA, encabezado por Donald Trump, se presenta como una oposición frontal a la globalización. Sin embargo, este planteamiento resulta profundamente contradictorio. Estados Unidos mantiene una extensa red de bases militares, embajadas, sistemas de inteligencia, corporaciones multinacionales, industrias culturales y tecnológicas que dependen directamente de la interconexión global.


Una ruptura real con la globalización implicaría el retiro de capitales extranjeros, el cierre de mercados internacionales, la desarticulación del complejo militar-industrial, la renuncia al liderazgo cultural y tecnológico, y el aislamiento económico. Ninguna de estas medidas ha sido ni puede ser implementada sin provocar un colapso sistémico del propio Estado estadounidense.


Globalización, poder y la imposibilidad del aislamiento real:


Si un Estado deseara genuinamente abandonar la globalización, la primera medida coherente sería el repliegue total de su proyección exterior. Esto implicaría el retiro de todas sus bases militares en el extranjero, el desmantelamiento de sus redes de inteligencia, la eliminación de agencias como la CIA y la desconexión de los sistemas de vigilancia satelital distribuidos alrededor del planeta. Sin embargo, nada de esto ocurre. La pregunta, entonces, no es retórica: ¿por qué no se hace?


Abandonar de manera real la globalización —proceso que, tras la Segunda Guerra Mundial, ha contribuido de forma decisiva al crecimiento económico, al intercambio tecnológico y a la interdependencia política— exigiría decisiones de un costo estructural inasumible. En primer lugar, supondría exigir la retirada de las inversiones extranjeras, particularmente europeas, que en el caso de Estados Unidos superan ampliamente a las inversiones estadounidenses en Europa. Del mismo modo, implicaría que los Estados que mantienen reservas de oro y activos financieros en la Reserva Federal y en bancos privados estadounidenses los repatriaran de inmediato. El resultado previsible sería una aceleración de la recesión, un desplome sostenido de la economía y la pérdida del rol central del dólar como moneda de referencia global.


Sin inmigración, sin capital extranjero y sin activos foráneos, Estados Unidos dejaría de ser el núcleo del sistema económico internacional para convertirse en un espacio empobrecido, aislado y demográficamente reducido, sostenido por una población mayoritariamente desvinculada de los procesos históricos y culturales que han configurado el mundo contemporáneo.


Asimismo, una ruptura auténtica con la globalización implicaría el cierre de las embajadas y consulados en el exterior, la retirada de todos los productos estadounidenses de los mercados internacionales y la exigencia de que las empresas multinacionales operaran exclusivamente dentro de las fronteras nacionales. En este escenario, industrias clave del poder blando estadounidense, como Hollywood, deberían desaparecer como fenómeno global. Las plataformas de streaming dejarían de distribuir contenidos fuera del país, y las producciones cinematográficas se restringirían a elencos exclusivamente nacionales, eliminando cualquier rastro de diversidad cultural o proyección internacional.


Del mismo modo, sería necesario renunciar a la contradicción simbólica de premiar con el Nobel de la Paz a figuras asociadas con políticas belicistas, y desmontar las redes transnacionales de narcotráfico que operan desde territorio estadounidense —incluyendo estructuras albanesas, japonesas, sicilianas, colombianas, mexicanas y locales— cuyos capitales se encuentran mayoritariamente resguardados en el sistema bancario de Estados Unidos y no en jurisdicciones extranjeras.


Una ruptura total con la globalización exigiría, además, el abandono de cualquier forma de comercio internacional y la adopción de un modelo de autosuficiencia radical. Ello implicaría clausurar las redes sociales y las plataformas digitales globales desarrolladas por las élites tecnológicas de la inteligencia artificial, o restringirlas exclusivamente al uso doméstico, dada su influencia profunda —y en muchos casos nociva— sobre el desarrollo integral del ser humano. Tecnologías como ChatGPT no podrían operar fuera del territorio nacional sin incurrir en una contradicción estructural.


En el ámbito científico y estratégico, sería igualmente necesario replegar la totalidad de la infraestructura satelital al espacio controlado exclusivamente por Estados Unidos y cancelar los programas de exploración espacial internacional, incluyendo las misiones a Marte y otros cuerpos celestes, lo que conduciría al cierre definitivo de la NASA como institución de proyección global.


En el plano cultural y cotidiano, la lógica del aislamiento absoluto conduciría a la prohibición del consumo de bienes de origen extranjero: desde alimentos emblemáticos como la pasta o la pizza, hasta bebidas como el vino, la cerveza, el whisky, el vodka, el coñac o el fernet. De igual manera, se impondría la demolición de toda arquitectura que no respondiera a estilos considerados estrictamente “estadounidenses”, eliminando siglos de influencia estética europea y global.


Finalmente, una ruptura real con la globalización haría inviable el actual sistema político. El Congreso debería ser disuelto y reemplazado por una forma de organización inédita, ya que ninguna de las estructuras tradicionales —dictadura, aristocracia, monarquía, república o imperio— puede reclamar un origen puramente autóctono, libre de influencias extranjeras. En coherencia con esta lógica, todos los descendientes de inmigrantes tendrían que abandonar el país.


El desenlace de este experimento sería inevitable: el vasto territorio de los Estados Unidos de América quedaría reducido a una extensión fría y vacía, habitada únicamente por bisontes y por los pueblos originarios de América del Norte. Así, la supuesta lucha contra la globalización no conduciría a la soberanía ni a la grandeza nacional, sino a la negación misma de las condiciones históricas, económicas y culturales que hicieron posible la existencia del Estado moderno.


Por tanto, el discurso anti-globalización no apunta a desmontar el sistema, sino a preservar una posición de privilegio dentro de él. MAGA no combate la globalización; combate la pérdida de hegemonía frente a potencias emergentes y bloques como los BRICS, así como el avance hacia un orden mundial multipolar.


Hegemonía, multipolaridad y transición histórica:


El temor subyacente en estos discursos es la consolidación de un mundo en el que el dólar, el petróleo y el gas dejen de ser los pilares incuestionables del poder global. Un mundo donde la Unión Europea, América Latina, Asia y África diversifiquen sus alianzas comerciales, financieras y políticas sin depender exclusivamente de Estados Unidos.

La historia demuestra que ningún imperio es eterno. La transición hacia un nuevo equilibrio global no es repentina, sino gradual y, en muchos casos, conflictiva. La actual reconfiguración del poder internacional responde a una lógica histórica más amplia, en la que los centros de poder se desplazan conforme cambian las condiciones materiales y geopolíticas.


Ideas centrales:


La globalización no es una opción ideológica que pueda aceptarse o rechazarse arbitrariamente: es una expresión inherente de la naturaleza expansiva de las sociedades humanas. Los intentos de negarla no solo resultan inviables, sino profundamente contradictorios.


El discurso MAGA representa, en última instancia, una reacción frente a la pérdida de centralidad hegemónica de Estados Unidos, más que una alternativa real al sistema global. La disyuntiva histórica no es entre globalización o aislamiento, sino entre un orden mundial basado en la dominación unilateral y otro sustentado en la multipolaridad y la cooperación.

La globalización continuará su curso, transformándose y adaptándose, mucho después de que los actores políticos actuales hayan desaparecido. Comprender esta realidad es indispensable para analizar con rigor los conflictos y discursos de nuestro tiempo.

 
 
 

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